En
la educación de sus hijos:
Si algo hay que reprochar a la educación básica y media (primaria y secundaria) que se da en nuestro país (y en la mayoría de los países del mundo) es que se abusa de la memorización y se fomenta poco y en ocasiones muy poco, el desarrollo de la inteligencia, cuando es ésta la parte más noble del ser humano y por lo tanto la que más hay que atender.
Basta decir que los mismos
trabajos que nos encargaban hace años en la escuela cuando llegaba el 19 de
marzo los siguen encargando ahora a nuestros hijos:
comprar una estampita de Juárez, copiar el reverso y pegarla con
resistol en una hoja significa un diez, ahora
como hace años. Pero de pensar nada y de analizar menos.
Sin embargo, esos maestros que no nos pedían leer dos o tres resúmenes
biográficos de Juárez en alguna enciclopedia o un libro de historia y luego
-haciéndonos pensar- pedían una reseña de lo que más nos hubiera
llamado la atención, no son los únicos
culpables del bajo nivel intelectual y profesional del país porque de los
hijos, antes que la escuela, los padres debemos responder.
Pensar es comprender, es
captar el significado de lo que se lee y se escucha. Pensar es reflexionar,
considerar nueva o detenidamente un asunto desde diferentes puntos de vista.
Reflexionar, decía Thibon, es colocarse en situación de duda o admiración
ante una realidad que el pensamiento no ha conquistado todavía.
Un riesgo que existe hoy entre
los chicos es que sean personas instruidas pero no hombres cultos. Saber de
memoria los versos de un poeta significa ser instruido, entenderlos y meditarlos
es ser culto.
Lo fundamental es que los niños
se desarrollen como seres humanos, es decir, que aprendan a pensar. Vivimos
ahora la era de la imagen -exceso
de percepciones sensoriales (mucha t.v. por ejemplo)- y esto no siempre favorece el que los niños piensen.
Alexander Fleming era un
bacteriólogo escocés que disponía de un laboratorio francamente modesto. Un día,
avanzado el verano de 1928, observó
algo que le pareció sorprendente. El solía abandonar los platillos de vidrio
después de hacer el primer examen de los cultivos microbianos. Uno de ellos
aparecía ahora cubierto de un moho grisáceo, pero ¡que raro!: en derredor de
ese moho las bacterias se habían disuelto. En lugar de las habituales masas
amarillas bacterianas, surgían anillos muy definidos donde el cultivo entraba
en contacto con el moho. Raspó una partícula del mismo y la examinó al
microscopio: era un hongo del género Penincilium.
Así fue cómo Alexander
Fleming llegó a conocer lo que sería el primer antibiótico: la penicilina,
que abriría posibilidades insospechadas a la medicina moderna. Todo empezó por aquel descubrimiento casual, porque
alguien observó algo y ese algo le llevó a pensar.
Brown construyó el primer
puente colgante sostenido por cables inspirándose en cómo estaba tejida una
telaraña que observó en su jardín, tendida de un arbusto a otro.
Newton, según se cuenta, llegó
a enunciar la ley de la gravitación universal después del famoso episodio de
la manzana.
Aristóteles, en el año 340
a.C., pensó que la tierra podía ser redonda, cuando a nadie se le había
pasado por la cabeza semejante idea, lo
dedujo observando cómo, en el mar, se ven primero las velas de un barco que se
acerca en el horizonte, y sólo después se ve el casco. Luego lo confirmó
estudiando la estrella polar y los eclipses.
Es importante hacer que los
hijos adquieran cierta calma y capacidad de reflexión, que vean la vida como un
interrogatorio.
La sociedad actual presenta
ciertas circunstancias que favorecen ser como engullidos por el activismo. El
estado habitual de prisa produce
incapacidad para la reflexión. Parece como si no quedara tiempo para pensar,
para fijar la atención, para interiorizarse.
Es indispensable buscar de vez
en cuando la calma necesaria para reflexionar intensamente en una lectura, en un
pensamiento, e interpretarlo, viendo la forma de darlo con vida a los hijos,
porque el arte de pensar bien no interesa solamente a los filósofos, sino a
todo el mundo.
Hace falta calma y serenidad,
voluntad firme y la capacidad de concentración que da la lectura, para analizar las situaciones que a cada uno se le presentan
y darse cuenta de lo que pasa, y de cómo hay que intervenir.
Lo más revolucionario es el hecho de pensar. En realidad, pensar es lo que tiene mayor capacidad transformadora, y el ejercicio del pensamiento y su extensión, a través del diálogo y la comunicación, puede ser lo que abra posibilidades a una vida plena a una vida feliz.
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